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TRES CASAS HOMENAJE A KIESLOWSKI 1 Vermelha

Inauguramos a publicação dos post com a secção “the space we live in”

O desafio lançado assenta numa ideia simples “o lugar da arquitectura está na vida das pessoas”.

Quando falamos do lugar, é do lugar na mente e no imaginário, não no plano físico. Assim fugimos do objecto, do desenho e da carga material para reflectir sobre o acontecimento continuado onde a vida e tempo fluem, que não podemos tocar. É no espaço entre paredes onde existe vida, sendo elas o suporte abstracto e neutro.

No texto “la habitación vacante”, Juan Navarro Baldeweg nos desafia ir ao encontro da arquitectura a travesso do invisível, entre as recordações e as sombras. Assim queremos perceber o espaço doméstico.

Segue o primeiro de três contos que a modo de metáfora vital escreveu Jesus de los Ojos sobre lugares onde viveu. Ilustramos os mesmos com imagens da casa do autor projectada por ele em Lisboa.

Carlos Durán

TRES CASAS HOMENAJE A KIESLOWSKI

1 Vermelha

Desde que le pusieron la escayola prácticamente no se había movido de aquella silla. El médico había dicho que podía andar normalmente ayudada de un bastón, pero no encontraba ninguna razón para levantarse. El maldito talón tenía que haberse fisurado en aquel momento, justo días antes de salir de gira.

Fue ella quien convenció a Nuno para que se fuera con la compañía. No podía desaprovechar una ocasión como aquella. Tres meses en Argentina y Brasil recorriendo los mejores teatros. Nuno dudó al principio. No podía dejarla así en aquella casa medio abandonada por la que solo pasaban entre actuación y actuación.

Todavía había muebles sin terminar de montar. Solo la cama y la cocina lucían intactos en aquel espacio, pero Joana no echaba en falta nada que no fuera a Nuno. Había colocado una silla en el balcón y se pasaba las horas mirando a través de aquellos barrotes oxidados. Conocía perfectamente los movimientos de todos sus vecinos e incluso se enfadaba cuando los más taciturnos llegaban tarde a la hora de la comida.

Su vecina preferida era María. Una chica de unos 25 años que vivía en el bajo de la casa de enfrente. Solía asomarse cuando su madre no estaba y aprovechaba para fumar un cigarro. Después de encendérselo levantaba la cabeza y buscaba con los ojos a Joana. Sin ningún pudor le contaba a voces sus últimos líos con un par de muchachos que ya había visto entrar en su casa sigilosamente. Al cabo de unos días de confidencias radiadas, llegaron a un acuerdo por el que Joana, dada su situación privilegiada, le avisaría de la llegada de su madre y a cambio ella le iría poniendo al corriente de todo lo que sucedía en aquella calle.

Con el resto de vecinos había establecido una especie de juego por el que cada vez que la saludaban, ella se obligaba a andar dos pasos. Las primeras horas de la mañana y las del mediodía eran las más intensas con el trajín de las compras y los recados. Algunos días terminaba destrozada por aquel íntimo juramento.

Antes de irse Nuno había llegado a un acuerdo con el señor Fernando para que subiera cada día una sopa y lo que tuvieran de menú en el restaurante.

A diario con una puntualidad poco portuguesa veía salir de entre las personas que se juntaban en la puerta del Ze Magala una figura grande y un poco torpe. Al cabo de un rato el timbre le avisaba que era hora de comer.

Joana no entendía muy bien el acento de aquel hombre que le alargaba el brazo con la bolsa de plástico desde el descansillo. Un día no pudo aguantar la curiosidad y se atrevió a preguntarle de donde procedía y cual era su lengua. El hombre un poco sorprendido le dijo que

era caboverdiano y que trabajaba para el señor Fernando desde hacia tres años, pero que en todo este tiempo no había conseguido quitarse ese acento criollo que tanto molestaba a los locales. A joana le hizo gracia esa mezcla de dulzura y miedo al hablar y le invito a compartir con ella la comida. Después de muchas palabras que ella entendió que eran disculpas por fin accedió. En un minuto tomo posesión de la casa y lavo los platos y cubiertos que se apilaban en el fregadero.

Sentada con la pierna apoyada en una silla, Joana no podía dejar de mirar las enormes manos que velozmente iban colocando todos los utensilios encima de un mantel improvisado con una toalla. Comieron juntos aquellos carapaucinhos que todavía estaban calientes mientras Horacio, que así se llamaba aquel hombre, no paraba de recordar los días de pesca en el mar, cuando todo el pueblo salía a buscar a la playa lo que habían cogido durante la mañana y terminaban haciendo hogueras para cocinarlo. En la cabeza de Joana no dejaba de sonar aquella canción de Cesaría Évora, -o mar-, y por un momento se vio corriendo detrás de aquellas olas atlánticas. A partir de aquel día se institucionalizaron las comidas conjuntas, y aunque seguía sin entender buena parte de las historias que contaba, la voz de Horacio le evocaba lugares profundos y lejanos.

Los días que precedieron al verano fueron un suplicio para Joana. Durante dos semanas no paró de llover. Pegada al cristal no podía ver nada de lo que pasaba en la calle. Lo único que tenía a su altura eran las ventanas cerradas con cuarterones de la casa de enfrente y el enorme tamarindo que sobresalía por detrás de la tapia del convento. El verde brillante de las hojas se acentuaba con el agua y reflejaba su color en el interior de la habitación.

Una tarde tumbada en la cama miraba absorta como el techo se iba haciendo cada vez más verde. Después de varias horas así, el resto de la casa parecía como si también hubiera mudado su patina blanca por otra color musgo. Antes de quedarse dormida pensó, -me van a salir hongos en la escayola-.

Cuando despertó ya era de noche, pero aquel olor a húmedo denotaba que la lluvia no había cesado. Miró hacia el otro extremo de la casa. Al fondo había una galería llena de trastos por la que nunca pisaba. La distancia entre el balcón y la galería resultaba insufrible. -tal vez en el patio no llueva-.

Poco a poco recorrió aquel profundo túnel apoyada en la pared sobre la que se amontonaban sus vestidos de baile. Al abrir la puerta de la galería sintió la corriente moverse suavemente entre sus piernas. Varios cristales estaban rotos y dejaban pasar el aire que buscaba velozmente el lado contrario. El olor a lluvia se mezclaba con el de los jazmines que crecían en el jardín de enfrente. Casi no podía respirar por el aroma acumulado durante tantos días y como pudo se sentó encima de la lavadora.

Al cabo de un rato, cuando sus ojos empezaban a acostumbrarse a aquella oscuridad, otras voces que no conocía llamaron su atención. Todas las cocinas del vecindario se abrían a esse patio. Al principio eran ruidos de platos y cazuelas, pero según iba aguzando el oído empezó a percibir sonidos infantiles, quejas de madres, televisores encendidos, conversaciones íntimas. Un nuevo mundo se abría ante ella y no lo iba a desperdiciar. Cogió el bastón y con paso firme llegó hasta donde estaba el sillón mariposa y lo empujó hasta encajarlo en el ancho de la galería. Su cuerpo se adaptó perfectamente a aquel objeto de diseño tan extraño. Cubierta com una manta, cerró los ojos y fue entrando una a una en todas las cocinas de la manzana. Cuando ya creía que nunca dejaría de llover, una mañana le despertó un ruido que provenía del otro lado de la casa. Abrió los ojos y vio como entraba el sol a través de la galería secando todo lo que estaba a su alrededor. De nuevo el ruido, ahora mas nítido. Se desencajó como pudo y con un poco de miedo asomó la cabeza para ver si veía algo. Dos cabezas sonrientes estaban mirándola a la altura de los pies. Sabía que tanto aroma de jazmín no podía ser bueno.

Eran visiones. Una de las cabezas empezó a moverse hacia arriba y adquirió la forma de un hombre que se estaba colando en su balcón. Como pudo cogió el bastón, pero esta vez no para apoyarse. Con el ritmo acelerado abrió los ventanales y justo cuando iba a golpear en la cabeza del intruso, vio como toda la calle era un mar de guirnaldas rojas flotando por debajo de ella. Al pobre operario del susto no le salían las palabras y solo se le entendía algo como saojoao.. saojoao…

A joana se le ilumino la cara. Se había olvidado de São João. Tanto tiempo y tanto agua. São João, el santo que trae el calor.

Cuando recobró la calma le explicaron que solamente querían atar unas guirnaldas y unas banderolas a los barrotes de su balcón.

Sin pensárselo dos veces agarró uno de los extremos de aquella cinta y lo metió en la casa. Tirando como una loca lo fue clavando de pared en pared y a las vigas del techo, en la casa de baño, por los muebles de la cocina hasta llegar a la galería. Allí con medio cuerpo fuera de la ventana llamo a los vecinos para que ataran mas guirnaldas vermelhas a la suya y fueran tejiendo una gran red de venas que atravesara las casas de un lado al otro, y luego la calle y luego la casa de enfrente y luego vuelta a empezar.

Exhausta se acercó de nuevo al balcón y vio la calle trenzada de aquel rojo intenso. El sol que ya estaba poniéndose al fondo le regalo una ultima llamarada que incendio de color todos los azulejos de las fachadas. Bajó rápidamente las escaleras por las que circulaba también un mar de algas rojas y celebró aquel momento con todos los vecinos que bailaban, gritaban y se abrazaban.

El verano había llegado y de su pie ya nadie se acordaba.

Jesús de los Ojos Lisboa 2010

fotografías Carlos Durán